Santina preguntó, desconcertada:—Adrián, ¿Elena no dijo que no le gustaban estos eventos? ¿Por qué vino?Con una mano en el bolsillo, él observó a los recién llegados. Su mirada se volvía cada vez más sombría.A poca distancia, Julián cubría con una mano el borde superior de la puerta del carro y extendía la otra hacia el interior.Elena puso su mano en la de él y se dejó ayudar para bajar.Cuando estuvo de pie, Julián se inclinó para acomodarle la falda y luego dobló el brazo. Ella lo tomó con naturalidad.Esa noche se veía distinta. Llevaba un maquillaje ahumado en tonos fríos, el delineado ligeramente levantado, los contornos bien definidos y los labios de un rojo mate.Tenía el cabello recogido y el cuello largo al descubierto. Incluso las brillantes joyas hechas a la medida parecían quedar en segundo plano.El vestido negro de corte sirena, cubierto de plumas, resaltaba su piel blanca. Parecía un cisne negro con las alas recogidas en la noche, de porte majestuoso, sereno y de
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