El leve zumbido del equipo de ecografía era el único sonido que rompía el silencio dentro del consultorio. Rebeca estaba recostada en la camilla, con la mirada fija en el monitor de alta definición mientras el médico deslizaba suavemente el transductor sobre su vientre ya prominente. A un lado, su madre le apretaba la mano con ternura, y al otro, Mauricio observaba la pantalla con una concentración casi cómica, como si intentara descifrar un mapa del tesoro.Tras unos minutos de minuciosa revisión, el especialista sonrió y se giró levemente hacia ellos.—Ajá! ¡¡Al fin te descubrí!!... ¡Felicitaciones, Rebeca! Es una hermosa y muy sana niña.La madre de Beca dejó escapar un suspiro ahogado y se llevó la mano libre a la boca, luchando contra las lágrimas de felicidad.Rebeca sintió un calor repentino en el pecho, pero en ese preciso instante, como un chispazo en la penumbra de su mente, una imagen cruzó su memoria con una claridad asombrosa: una niña pequeña de intensos ojos azules. Par
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