La voz tenue de María, que todavía resonaba en los confines de su memoria, dejaba un escalofrío recorriendo la columna vertebral de Elena. Respiró hondo, expulsando el rastro de pánico que momentos antes le había oprimido la garganta, y reafirmó sus pasos al bajar la escalinata de piedra hacia el sótano de la mansión Moretti.La iluminación en el pasillo subterráneo era tenue, reflejándose en las paredes de ladrillo húmedo que exhalaban un hedor a sangre rancia y polvo antiguo. Dos guardias vestidos de negro, que montaban guardia frente a la celda de la familia Vance, se inclinaron con respeto en cuanto vieron a Elena acercarse.—Señora —saludó uno de los guardias con rigidez, abriendo la pesada puerta de barrotes de hierro sin decir palabra, siguiendo la orden absoluta dada previamente por Don Alessandro.Elena entró en la fría celda. Detrás de los barrotes, su padre, Arthur Vance, estaba sentado sobre una estrecha cama de hierro con la cabeza baja, mientras que su hermano, Matteo Va
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