La noche de la gala llegó fría, despejada y con una luna enorme y plateada que iluminaba toda la ciudad. La Catedral de San Cristóbal lucía imponente, llena de luces doradas, flores blancas, alfombra roja desde la entrada hasta la puerta principal, coches de lujo llegando uno tras otro, cámaras de televisión por todas partes, cientos de invitados con trajes de gala y vestidos largos entrando poco a poco. Era el mismo escenario, la misma luz que entraba por los vitrales de colores, el mismo olor a incienso y cera derretida. La única diferencia era yo.Hace cuatro años entré aquí temblorosa, ingenua, con el corazón lleno de ilusiones, vestida de blanco, dispuesta a entregar toda mi vida a un hombre que me soltó la mano y se fue corriendo. Esa noche entré del brazo de Dante Vásquez, con la cabeza altísima, vestida de un azul noche profundo, largo, elegante, fuerte, caminando firme, sin miedos, sin dudas, dueña absoluta de mí misma. Él iba impecable de negro, guapo como una pesadilla y un
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