Capitulo 17: EL CEREBRO DETRÁS DE TODO

Un grito de pánico colectivo estalló de inmediato. La gente se puso de pie de golpe, empujones, llantos, voces desesperadas queriendo correr hacia las salidas. Adrián levantó ambas manos en alto con calma absoluta y habló fuerte y claro por encima del ruido, con una autoridad que impuso silencio de nuevo en segundos:

—¡TRANQUILOS, POR FAVOR! ¡NO HAY PELIGRO! ¡ES MENTIRA! ¡NO HAY NADA!

Todos se quedaron mudos otra vez, conteniendo el aliento. Él negó con la cabeza muy despacio, mirando a Camila con lástima profunda.

—Lo siento mucho, Camila —dijo suavemente—. Hace tres días sabía perfectamente que ibas a intentar este mismo truco. Lo hablaste con tu cómplice el martes por la noche en el coche aparcado frente al puerto. Yo estaba escuchando a diez metros. Desactivamos y retiramos cualquier cosa que pudieras haber colocado hace más de cuarenta y ocho horas. No hay bombas. No hay riesgo. Solo eres tú, tus mentiras y tu desesperación.

El color volvió poco a poco a los rostros, los suspiros de alivio se escucharon por todas partes. La máscara de mujer perfecta, educada, poderosa y elegante que Camila había llevado puesta toda su vida, se rompió por completo en mil pedazos delante de todos. Quedó al desnudo solo una niña resentida, amargada, vacía y aterrada, dispuesta a cualquier cosa con tal de no aceptar la derrota. Dio un paso atrás tambaleándose, luego otro, hasta chocar contra el borde del atril. Don Armando, en cambio, ya ni siquiera intentaba defenderse ni negar. Tenía la mirada perdida, derrotada, la postura encorvada, de repente parecía haber envejecido veinte años en diez minutos.

—Usted —dijo Adrián señalándolo directamente con el dedo, con dureza justa pero sin odio—. Usted fue el verdadero cerebro de absolutamente todo. Camila tenía envidia, tenía rabia, quería lo que no tenía, sí. Pero era una niña de diecinueve años asustada la noche de la carretera. Usted fue quien le enseñó a ser mala. Quien le dijo que el poder lo es todo. Quien vio el crimen y en vez de llamar a la justicia, vio una oportunidad de negocio y control para siempre.

Relató entonces lo peor de todo, lo que ni siquiera Dante ni Alejandro conocían: Don Armando desde hacía años quería sacar del camino al padre de Adrián y a él mismo, porque se oponían a negocios sucios, lavado de dinero y contratos irregulares que él quería meter en el gremio de constructores. El accidente provocado por Camila fue para él un regalo del cielo: no solo se quitó de encima a Adrián, sino que ató a su propio hijo de por vida a la culpa y al silencio, ató a Camila por tener la verdad, y pudo seguir enriqueciéndose impunemente durante siete años más. Incluso la boda conmigo fue idea suya desde el principio: sabía que yo era buena, dócil, sin familia poderosa, sin contactos, y que por lo tanto nunca pondría en duda ni preguntaría nada, nunca sería un problema. Cuando Camila regresó del extranjero arruinada y amenazó con hablar, él volvió a pactar: la boda interrumpida, la humillación pública, todo calculado semanas antes para que ella quedara como la mujer amada y recuperada, y yo como el recuerdo lejano y olvidado.

—Alejandro nunca fue más que una pieza —sentenció Adrián con tristeza—. Un peón que usted movió a su antojo desde que era niño, sin importarle ni un ápice su felicidad, su vida ni su corazón. Solo le importó el apellido, la fortuna y el poder. Nada más.

En ese momento la puerta lateral se abrió de golpe. Entró Alejandro caminando con dificultad, todavía con moretones, apoyado solo en un bastón, sin ayuda de nadie. Se detuvo frente a su padre, lo miró largo rato a los ojos, y no hubo gritos, ni maldiciones, ni rabia descontrolada. Solo una tristeza inmensa, profunda y eterna.

—¿Todo eso es verdad, papá? —preguntó bajito, con la voz rota—. ¿Incluso el accidente mío hace unas noches… fuiste tú quien ordenó chocarme? ¿Por miedo a que hablara?

Don Armando levantó la mirada lentamente. No dijo que no. No negó. Solo asintió muy levemente con la cabeza, una sola vez, y bajó la mirada al suelo para siempre.

—Sí —murmuró tan bajito que casi no se oía—. Todo. Lo hice por la familia. Por el apellido. Porque lo que hemos construido en tres generaciones no se puede perder por culpa de sentimientos.

—¡NO LO HICISTE POR NADIE MÁS QUE POR TI MISMO! —le gritó Alejandro por fin, rompiendo, y las lágrimas rodaron fuerte por su rostro golpeado—. Destruiste a mamá, que murió de tristeza hace dos años porque notaba las mentiras y nunca se atrevía a decir nada. Destruiste mi vida, me hiciste cargar con una culpa que nunca tuve durante siete años de infierno. Me quitaste a la única mujer que realmente amé. Casi me matas. Y todo… todo por dinero y orgullo. Se volvió hacia la gente, con la mano en el pecho—. Yo soy tan culpable por haber sido débil, por haber tenido miedo, por haber callado demasiado tiempo. Y pido perdón públicamente a todos, especialmente a Valeria, a Dante y a Adrián, por el daño que mi silencio les causó. Pero hoy termino con esto. Hoy dejo de ser el hijo de Don Armando Ruiz. Me llamo solo Alejandro. Y voy a colaborar con la justicia en absolutamente todo.

La reacción de la gente fue un aplauso largo, sentido y estruendoso que retumbó en los techos altos. Camila, que hasta ese momento había estado muda y paralizada, empezó a reír de repente. Una risa loca, aguda, desgarrada, que heló la sangre a más de uno. Se sacudió el polvo imaginario del vestido, se arregló el pelo con indiferencia y miró a todos con desprecio absoluto.

—Muy bonito todo —dijo con sarcasmo helado—. El malvado padre, el hijo arrepentido, el muerto que volvió, la víctima que triunfa… ¡parece una película de mal gusto! Pero se les olvida un detalle chiquito, muy importante. Yo no tengo nada que perder. Y quien nada tiene que perder… es la persona más peligrosa del mundo.

Sacó de su interior una navaja pequeña y muy afilada que traía oculta, agarró del brazo con fuerza bruta a una niña que pasaba cerca distraída y la puso por delante como escudo humano, apoyando el filo justo debajo de su garganta. Un grito de horror llenó la catedral de nuevo.

—¡NADIE SE MUEVE! —gritó ella con los ojos desorbitados, locos de verdad—. ¡Abran paso o le abro el cuello aquí mismo! ¡Quiero el coche preparado en la puerta principal, ahora mismo, o empiezo a cortar de verdad!

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