Él no estaba comiendo. Permanecía reclinado en la silla y sostenía con indiferencia una taza de café negro. Solo me observaba. Me miraba fijamente con aquellos ojos oscuros que parecían saberlo todo, como si pudiera leer todos los pensamientos aterrados que cruzaban mi mente.Tomé el tenedor con una mano temblorosa. Intenté comer un bocado de los huevos que Claire me había servido, pero sabían a cartón. Cada vez que masticaba, sentía su mirada sobre mi cuello, mi rostro y mis manos.—¿Está buena la comida, Gianna? —preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa.Di un respingo y el tenedor repiqueteó contra el plato de porcelana. La miré con el rostro ardiendo.—Sí, mamá. Está… estupenda.Volví a bajar la cabeza y centré mi atención en una tostada como si fuera lo más interesante del mundo.—Y dime, Gianna —intervino Salvatore, atravesando con su voz todas las conversaciones de la mesa. Me quedé inmóvil, con el tenedor a medio camino de la boca—. Hazel me cuenta que eres muy
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