El salón de banquetes era mucho menos lujoso de lo que recordaba. La última vez que había estado allí, había entrado con una misión muy distinta: tenía que conquistar al antiguo rey y convertirme en una de sus amantes. Recordaba aquel lugar como una sala inmensa, cargada de adornos, metales preciosos y lámparas que hacían que todo pareciera todavía más ostentoso. Y, por supuesto, también recordaba perfectamente cómo Kaelen había aparecido para arruinar mis planes. Ahora parecía otro sitio. Incluso las enormes lámparas que antes colgaban del techo habían desaparecido, dejando como única iluminación las sencillas antorchas distribuidas alrededor del salón. La luz era suficiente para ver a todos los presentes, pero también convertía el lugar en un horno. Hacía un calor infernal. Por suerte, la cantidad de tela que cubría mi cuerpo era tan poca que, al menos en mi caso, no representaba un problema tan grave como para algunas de las lobas que se encontraban al fondo. Varias no dejaban
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