Los caballos redujeron la velocidad hasta detenerse por completo. Levanté la vista. Dos enormes lobos grises permanecían inmóviles en mitad del camino. Permanecían atentos, con las orejas erguidas y los ojos clavados en la carreta. Entonces ambos comenzaron a cambiar. Sus patas delanteras se alargaron, los huesos crujieron y el pelaje desapareció bajo la piel hasta que dos hombres quedaron frente a nosotros, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo. Había presenciado esa transformación días atrás, durante la masacre de mi aldea. Aun así, verla tan de cerca volvió a revolverme el estómago. Uno de ellos observó al mercader. —¿A qué vienes? —A vender a una esclava. Ambos dirigieron la mirada hacia la jaula. Sentí que me recorrían de arriba abajo. Bajé la vista. No porque quisiera demostrar obediencia. Sino porque, si realmente buscaba acercarme a ellos, lo último que necesitaba era provocar a los primeros lobos que encontraba. Uno de los guardias dejó escapar un
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