Horas más tarde, Cristina regresó a la casa. El silencio en la sala era pesado, y Alejandro la estaba esperando, caminando de un lado a otro. En cuanto la vio entrar, se detuvo, sintiéndose un poco culpable por cómo habían terminado las cosas. —¿Cristina? Yo... lamento mucho lo que pasó. No fue mi intención, yo... —Está bien, no sigas —lo cortó ella de inmediato, con una calma que a Alejandro lo tomó por sorpresa—. Nunca has sido bueno para pedir disculpas. Como te dije antes, ya estoy acostumbrada a esto. Alejandro se quedó unos segundos en silencio, sin saber qué más decir ante su indiferencia. Después de aclarar la garganta, intentó cambiar de tema para calmar la tensión. —El sábado hay un cóctel de las empresas —le dijo, mirándola con cuidado—. Como mi esposa, me imagino que es tu deber ir... pero si te sientes indispuesta, yo voy a entender perfectamente. Cristina lo miró fijamente y soltó una sonrisa amarga. —Claro. Me imagino que eso es lo que deseas, ¿verdad? Que e
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