El despacho del CEO, que una hora antes estaba perfectamente limpio, ahora parecía un campo de batalla después del combate. Los sofás, desplazados de sus posiciones. Los cojines decorativos, tirados por el suelo.Los papeles garabateados, esparcidos sobre el escritorio. Las líneas de rotulador rojo, decorando los paneles de madera de la pared. Los libros, desparramados frente a la estantería. El contenido de la papelera, extendido por la alfombra.El cuenco de caramelos, vacío. Y en medio de todo aquel caos, seis niños pequeños ocupados cada uno en sus respectivas actividades destructivas.El jefe de servicios generales sintió que la sangre se le iba del rostro. Su piel, ya pálida, se volvió aún más pálida.Sus ojos se desplazaron del caos de la sala al rostro de Davin, de pie a su lado. Conocía perfectamente el temperamento de aquel CEO. Sabía que Davin podía despedir a alguien por cosas mucho más pequeñas que aquello. Y ahora, el despacho personal del CEO, que acababa de ser limpiad
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