Nixon detuvo el coche pero no apagó el motor. Miró a Windy con una expresión que mostraba reticencia a dejarla así, sola, en la calle oscura.
—Windy, quiero asegurarme de que entras en tu casa a salvo. Déjame acompañarte hasta la puerta.
—No hace falta, Profesor. De verdad, no hace falta. Está muy cerca y este vecindario es seguro.
—Es mi principio cuando acompaño a una mujer de noche: tengo que verla entrar en su casa a salvo antes de irme. —Nixon habló con un tono firme pero educado—. No es s