51 Se topó con la ira de Davin

Nixon detuvo el coche pero no apagó el motor. Miró a Windy con una expresión que mostraba reticencia a dejarla así, sola, en la calle oscura.

—Windy, quiero asegurarme de que entras en tu casa a salvo. Déjame acompañarte hasta la puerta.

—No hace falta, Profesor. De verdad, no hace falta. Está muy cerca y este vecindario es seguro.

—Es mi principio cuando acompaño a una mujer de noche: tengo que verla entrar en su casa a salvo antes de irme. —Nixon habló con un tono firme pero educado—. No es s
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