Pero entonces el jefe de servicios generales, que no tenía la sensibilidad para leer el momento, dijo en voz alta:
—¡Niños! ¡Tenéis que salir ahora! ¡Este despacho no es un lugar de juegos!
Su voz rompió el silencio y devolvió a Davin a la consciencia. El hombre parpadeó, se retiró de lo que fuera que acababa de moverse en su pecho, y bajó lentamente a Flora al suelo.
Pero Flora no soltó su mano del cuello de la camisa de Davin. Sus deditos seguían agarrando aquella tela azul oscuro con una fue