—Ya te elegí a ti, Riva. Nada va a cambiar esa decisión. Es definitiva. Tú y yo seremos los que estemos juntos en el altar. Tú serás mi espo…Un dolor cegador atravesó su pecho de repente. Se apretó tan fuerte y tan rápido que tuvo que apretar los dientes para soportarlo. Era como si una hoja al rojo vivo le hubiera atravesado el corazón. Y con el dolor llegó una voz, suave y clara, de años atrás: palabras que él mismo le había dicho una vez a la otra chica.«Grasya… el día que cumplas veintiún años, vas a ser mi esposa. No puedes enamorarte de nadie más. Me perteneces solo a mí, por toda la eternidad. Tu corazón es mío y solo mío. Nunca, jamás se lo des a otro».Riva debió sentir cómo todo su cuerpo se había puesto rígido de golpe, porque se apartó lo suficiente para mirarlo, con la frente arrugada por la confusión.—¿Estás bien, Sev? ¿Te duele algo? Te pusiste completamente tenso.—Mmm. Estoy bien —respondió, y su propia voz le sonó fina y hueca.Volvieron dentro de la gran casa y s
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