—Te ves como cada cosa buena que le ha pasado a esta familia, toda de una vez. Adaeze lo dijo en voz baja, parada detrás de Bianca en el pequeño cuarto de vestir junto al jardín, acomodando el pasador final en el pelo de su hija con manos que temblaban ligeramente a pesar de su compostura habitual. —Mamá, no me hagas llorar. Mi maquillaje tomó cuarenta minutos. —Voy a permitir una lágrima —dijo Adaeze, algo espeso en su propia voz—. Solo una, por dignidad. Kemi irrumpió por la puerta momentos después, ya vestida, el ramo en la mano, prácticamente brillando con la emoción apenas contenida. —Zoe y Lily están listas. Han practicado caminar despacio aproximadamente cuatrocientas veces esta mañana, y creo que finalmente están satisfechas con su ritmo. —Cómo se ven —preguntó Bianca, volteándose con cuidado para no perturbar nada de lo que Adaeze acababa de terminar de arreglar. —Como que están a punto de robarse todo el show —dijo Kemi, riéndose—. Lo cual, dado todo lo que esta familia
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