Horas más tarde, cuando Cassandra finalmente cruzó el umbral de su habitación en la mansión, lo único que deseaba era dejarse caer sobre el colchón y desaparecer. Quería que el sueño la arrastrara lejos, pero el descanso placentero estaba a kilómetros de distancia. La pesadilla viviente la seguía persiguiendo por los pasillos de su propia casa, un peso tan enorme que amenazaba con aplastarle las costillas.Se tumbó en la cama, vestida, clavando la vista en el techo sin ver realmente nada. Su mente era un torbellino del que quería escapar. Deseaba con una fuerza desgarradora poder convertir su cerebro en un papel en blanco, borrar los pensamientos intrusivos, la paranoia, el miedo a sus hermanos, la duda paralizante que Samantha había sembrado sobre Sebastian. No quería enredos. No quería recuerdos de su padre. No quería nada. Solo paz.Pero conseguirla parecía una misión completamente imposible. De pronto, un suave crujido en la puerta la sacó de su trance. Allí, asomado en el umbral,
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