Un par de días después, un jet privado aterrizó sobre la pista. Cassandra esperaba de pie junto a la pista, con los brazos cruzados y gafas oscuras, intentando que el ruido de las turbinas ahogara por un momento el maremoto que llevaba en la cabeza. Y, es que los últimos días habían estado cargados; no sólo de decisiones sino también de confrontaciones directas con Sebastián, y de emociones que ella todavía se negaba a procesar. Necesitaba desesperadamente un respiro, y la llegada de su mejor amiga era justo la distracción perfecta.Las escalinatas del avión descendieron y, un instante después, Samantha Colleman hizo su aparición. Llevaba un abrigo de diseñador impecable, botas altas y una sonrisa deslumbrante que gritaba París por los cuatro costados. Apenas pisó el asfalto, corrió hacia Cassandra y la envolvió en un abrazo apretado.—¡Por fin! —exclamó Samantha, quitándose las gafas de sol para mirarla de arriba abajo—. Mírate nada más, estás hermosa, pero te noto más delgada. ¿Aca
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