La mañana siguiente amaneció pesada sobre la mansión Westminster. Sebastian se incorporó en la cama sintiendo que el cráneo le iba a estallar; un dolor de cabeza punzante, consecuencia directa de no haber descansado lo suficiente y del alcohol, le martillaba las sienes. Se frotó el rostro con las manos, sintiendo la barba de dos días y el peso inmenso de una realidad que lo aplastaba. Se arrepentía hasta el límite de cada decisión tomada, de su arrogancia, de haber construido su vida sobre pilares de cristal. Toda su existencia había estado diseñada para mantenerse intocable, brillando en lo alto de un pedestal donde nadie podía tocarlo. Y de repente, de una forma esporádica y cortante, alguien lo había arrancado de allí para tirarlo al suelo, convirtiéndolo en un simple subordinado, en el empleado humillado de la mujer a la que una vez despreció. La mente se le sentía saturada, respirando un aire que le quemaba los pulmones. Sabiendo que no podía quedarse de brazos cruzados, con l
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