AURORAMiro a Sebasten. Él me sostiene la mirada con esos ojos opacos, densos, desprovistos de cualquier duda. Da dos pasos largos hasta quedar al borde de la camilla, levanta su antebrazo izquierdo y se remanga la camisa negra con una lentitud deliberada, exponiendo la piel de su muñeca donde las venas laten con la fuerza de su naturaleza bestial.—Ya escuchaste al doctor, Aurora —me dice con esa frialdad contundente que ya no me asusta, sino que me ancla—. No hay tiempo para el asco. Si mi sangre pura es lo que los mantiene vivos, la vas a tomar ahora mismo. Sostén la cabeza arriba y hazlo.Me quedo mirando la muñeca de Sebasten. El doctor Bellingham saca una pequeña lanceta quirúrgica del instrumental y, sin vacilar, realiza un corte limpio. La sangre brota de inmediato, espesa y de un rojo tan vivo que lastima los ojos bajo las lámparas del consultorio.—Hazlo, Aurora —repite Sebasten. Su voz es un trueno bajo, firme.No lo pienses. No hay espacio para la lógica humana aquí. Me in
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