AMANDAIr en el auto con Emiliana a un lado se había convertido en mi nuevo desencadenante de nervios. Desde que nos habíamos encontrado en el bar que estaba cerca de la universidad, mi corazón latía con fuerza y esperaba, casi con desespero, la siguiente cosa que saliera de su boca.Todo en ella era tan malditamente elegante, que por un momento temí verme poca cosa ante sus ojos, sus hermosos ojos zafiro.Era más que obvio que me coqueteaba, hasta un ciego podría notarlo, pues Emiliana no era sutil al respecto; más, sin embargo, aún persistía la duda de si lo hacía porque así era su personalidad, o porque de verdad le interesaba.Debía cambiar de cerebro, a este le gustaba martirizarme con preguntas que podía formular directamente, lamentablemente esa no era yo, nunca había tomado el primer paso en nada.Emiliana, por el contrario, se veía muy relajada, contrastando con mi evidente agitación. Incluso tarareaba una canción que no conocía, que estaba sonando en la radio.La odie por ve
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