Sebastián no apartó la mirada. Tragó saliva, pero respondió sin titubear.—En ese momento, lo sé ahora, no lo pensé bien —admitió, con la voz baja pero firme, como si estuviera confesando un pecado en una iglesia—. Debería haber ido con ustedes primero, sentarme con ustedes y pedir la mano de Chloe
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