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El Gran Salón Martineli, erigido sobre las colinas más exclusivas de Palermo, respiraba una opulencia casi obscena bajo el cielo nocturno de Sicilia. Columnas de mármol de Carrara sostenían un techo decorado con frescos que emulaban el Renacimiento, mientras majestuosas lámparas de cristal de Murano vertían una luz cálida y dorada sobre la crema y nata de la alta sociedad italiana. Políticos de renombre, jueces de la corte suprema, empresarios multimillonarios y filántropos con sonrisas ensayadas se mezclaban entre risas amortiguadas por la música de un cuarteto de cuerdas clásico. Para el mundo exterior, aquella era la Gala Benéfica Anual de la Fundación Martineli, un evento destinado a recaudar fondos para los huérfanos de la región. Para el ojo entrenado, sin embargo, aquel despliegue de altruismo no era más que un elaborado teatro de sombras.
En el centro de la atención, manejando los hilos de la velada con una sofisticación magnética, se encontraba Maximiliano Martineli. Vestido con un esmoquin a medida de Tom Ford que entallaba a la perfección su imponente físico de casi un metro noventa, el Don de la mafia siciliana personificaba el poder absoluto. Cada uno de sus movimientos exudaba un carisma frío y calculador; su mandíbula marcada, su barba pulcra y esos ojos oscuros y profundos parecían leer los secretos de cualquiera que se atreviera a sostenerle la mirada. Debajo del impecable cuello de su camisa blanca, se adivinaban los trazos negros de los intrincados tatuajes que trepaban por su cuello, la única marca visible de la violencia que gobernaba su verdadera existencia. A su lado, manteniendo una postura perfecta, su esposa sonreía con una gracia gélida, sosteniendo la mano de su pequeño hijo, un niño de apenas siete años que miraba el entorno con timidez. Maximiliano se agachó con una naturalidad pasmosa, le acarició el cabello al pequeño con una ternura genuina y le susurró unas palabras al oído que hicieron reír al niño. Era la imagen de la devoción familiar perfecta, una estampa sagrada en las tradiciones de la *Cosa Nostra*. Nadie en ese salón, ni la prensa que fotografiaba el tierno momento, sospechaba que detrás de esa fachada familiar se ocultaba un hombre cuya verdadera naturaleza estaba teñida de sangre y prohibiciones. Mientras la atención del salón se centraba en las palabras de agradecimiento del Don, la tensión se cocinaba en los márgenes de la fiesta. Desplazándose entre las mesas con bandejas de plata cargadas de copas de champán Bollinger, un grupo de camareros observaba cada detalle con una fijeza inusual. No eran empleados del servicio de banquetes. Bajo los chalecos negros y las pajaritas rígidas se ocultaban las fundas de las armas de la unidad de élite de la policía estatal. Ellos eran los ojos en el terreno, pero el cerebro de la operación se encontraba a unos cientos de metros de allí, oculto en la penumbra de una furgoneta de vigilancia tecnológica camuflada entre los árboles de la propiedad colindante. Frente a un muro de pantallas parpadeantes y ondas de frecuencia de audio, el detective Diego Rossi mantenía la espalda rígida. Sus ojos azules, inyectados en sangre por las pocas horas de sueño, se clavaban en los monitores que transmitían los planos de las cámaras ocultas. Diego llevaba más de tres años persiguiendo la sombra de Maximiliano Martineli. Tres años de pistas falsas, de informantes que aparecían flotando en el Mediterráneo y de expedientes archivados por "falta de pruebas". Su obsesión con el capo había consumido sus noches y destrozado su vida personal, pero esta vez estaba seguro de que lo tenía acorralado. El operativo era milimétrico: su equipo había logrado colocar micrófonos de alta sensibilidad direccional ocultos en los fastuosos arreglos florales de orquídeas blancas que adornaban el salón principal y el despacho privado de la planta superior. Lo mejor de todo era que su propio rostro seguía siendo un misterio para el Don; Diego siempre operaba desde el anonimato de los comandos de control para evitar ser identificado. —Unidad Uno en posición —susurró Diego a través de su micrófono de diadema, observando la transmisión en directo—. El objetivo sigue en el ala oeste del salón. Mantengan la vigilancia. Hoy cae, muchachos. Hoy no hay escapatoria. A través del auricular, las respuestas de sus hombres en el salón llegaron en un murmullo de estática afirmativa. Diego observó en la pantalla principal cómo Maximiliano se disculpaba con un cínico beso en la mano de su esposa, hacía una seña sutil a sus dos guardaespaldas principales y comenzaba a caminar con paso lento pero firme hacia el pasillo trasero que conducía a las oficinas privadas. El corazón de Diego comenzó a latir con fuerza contra sus costillas. Sabía perfectamente a qué iba: la gala benéfica era la cobertura perfecta para la llegada de los mayores proveedores de contrabando de diamantes de sangre procedentes de África subsahariana. Millones de euros en gemas ilegales que serían intercambiadas esa misma noche por armas pesadas. Una operación de escala internacional que arrastraría a Martineli a una celda de máxima seguridad por el resto de sus días. Maximiliano avanzó por el pasillo privado, donde el ruido de la orquesta comenzó a desvanecerse, sustituido por el eco de sus propios zapatos de cuero sobre el suelo de mármol. Al entrar a su despacho, un santuario de madera de roble oscuro, obras de arte costosas y luz tenue, tres hombres de aspecto extranjero lo esperaban de pie. Sobre la mesa de centro ya descansaba un maletín de cuero reforzado. —Don Martineli —dijo el líder de los proveedores con un marcado acento—. El cargamento está listo para su inspección. Maximiliano esbozó una sonrisa fría, cargada de un cinismo letal. Se acercó a la mesa y se dispuso a abrir el maletín. En la furgoneta, Diego Rossi se ajustó los auriculares, escuchando la respiración de los hombres a través del micrófono oculto en la lámpara de escritorio del despacho. Su dedo índice flotaba sobre el botón que daría la orden de asalto a las fuerzas tácticas apostadas a las afueras de la mansión. —Abran el maletín —ordenó la voz de Maximiliano a través del auricular de Diego—. Quiero ver si la pureza de esas piedras vale el riesgo que estoy tomando al recibirlos en mi propia casa. Diego sonrió, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. Estaba a solo un segundo de dar la orden. *"Te tengo, de una puta vez"*, pensó. Sin embargo, justo cuando el pestillo del maletín hizo clic en la grabación, el teléfono personal de Maximiliano vibró con un sonido seco sobre el escritorio. El capo se detuvo. Con una calma exasperante, extendió su mano tatuada y tomó el dispositivo. En la pantalla del teléfono apareció un único mensaje de texto, enviado desde un número encriptado. El mensaje contenía solo cinco palabras escritas por un miembro de la propia unidad de Diego, un policía corrupto que acababa de vender su alma al dinero de los Martineli: *«Hay micrófonos. La policía vigila»*. La expresión de Maximiliano no flaqueó; su control emocional era aterrador. Solo una leve contracción en su mandíbula delató que había comprendido la situación. Con una parsimonia ensayada, guardó el teléfono en el bolsillo de su esmoquin, miró a los proveedores y, en lugar de continuar con la transacción, cerró el maletín de un golpe seco. —Caballeros —dijo Maximiliano, su voz resonando con una claridad cristalina en los auriculares de un Diego que de pronto se congeló—. Me temo que la generosidad de la velada me ha conmovedor. He decidido que la tasación de las donaciones benéficas para los huérfanos se pospondrá para mañana en nuestras oficinas legales. No mezclemos los negocios de la fe con el descanso de esta noche. Regresemos al salón a disfrutar del champán. Los proveedores, desconcertados pero entrenados para no cuestionar al Don, asintieron rápidamente y guardaron el maletín. En la furgoneta de escucha, Diego Rossi sintió que el mundo se le venía abajo. La sangre se le subió a la cabeza, tiñendo sus mejillas de un rojo de pura rabia. Se arrancó los auriculares y los estampó contra el tablero de control, agrietando una de las pantallas pequeñas. —¡Mierda! ¡Mierda! ¡Saben algo! —rugió Diego por el canal general, perdiendo toda la compostura—. ¡Unidad Uno, aborten! ¡El maldito filtró la información! ¡Tenemos un traidor dentro! Diego clavó la mirada en el monitor principal que mostraba el despacho. Antes de salir de la habitación, Maximiliano Martineli se detuvo justo frente a la lámpara de escritorio donde sabía, gracias al soplo, que estaba oculto el micrófono y la microcámara policial. El capo se inclinó ligeramente, miró fijamente hacia el lente oculto —mirando directamente a Diego a través de la pantalla— y le dedicó una sonrisa ladina, cínica y cargada de una burla silenciosa. Fue un mensaje implícito: *Sé que estás ahí, sé que me escuchas, pero nunca podrás tocarme*. Diego apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, sintiendo una mezcla de odio, impotencia y una profunda humillación. Una vez más, el dinero del mafioso había comprado la ley. El operativo que planeó durante meses se había evaporado en un segundo. Mirando la pantalla ahora vacía, el detective Rossi comprendió con amarga certeza que la justicia convencional nunca funcionaría con Maximiliano.

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