Punto de vista de Ana.Estaba sentada en el suelo del estrecho apartamento alquilado, mirando la maleta negra frente a mí. Esa maleta era pesada, no demasiado grande, pero estaba llena. Leon me la dio cuando me fui. No me dijo cuánto contenía. No pregunté, solo la acepté, como siempre.Esta mañana la abrí y dentro había dinero. No lo conté, pero por el grosor, probablemente era suficiente para vivir un año o dos. Leon era tacaño, pero cuando daba, daba cantidades absurdas.Pero no podía vivir del dinero que él me había dado para siempre.Tenía que trabajar.Pero, ¿qué podía hacer?No tenía título universitario. No tenía habilidades especiales. Solo era una antigua empleada que, por casualidad, había sido esposa por contrato y amante de tres hombres ricos.Bajé la mirada y observé mis manos: ásperas, callosas, no tan bonitas como las de otras mujeres.Al menos ese era mi oficio: limpiar, servir, barrer, trapear y lavar la ropa.Me levanté. En la esquina de la habitación había una peque
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