Alan estaba de pie en la terraza de madera de la posada, con una mano todavía aferrada a la de Jesica. La otra la tenía en el bolsillo del pantalón, palpando un pequeño objeto frío: una bala, guardada desde la noche del secuestro, que parecía haber ocurrido hacía una semana, cuando en realidad apenas había pasado un día.Jesica estaba a su lado, ligeramente encorvada porque su pierna aún le dolía. El vendaje blanco de su pantorrilla izquierda comenzaba a mancharse con el polvo del camino, pero no había sangre fresca: señal de que la herida empezaba a cerrarse.Ambos miraron hacia el sendero polvoriento que se extendía desde la puerta de la posada hasta la carretera principal.Y a lo lejos, se levantó una nube de polvo.Un automóvil.No uno solo. Tres puntos negros al final del camino, todavía pequeños, todavía distantes… pero que poco a poco iban creciendo. Sus motores rugían, el sonido característico de vehículos europeos con escapes deportivos preparados para la velocidad.Jesica se
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