El eco del clímax de Aleksei aún parecía vibrar en las paredes de mármol de Carrara. La respiración del magnate, habitualmente acompasada por su disciplina militar, seguía siendo un fuelle errático contra el cuello de Valentina. En la penumbra templada del jacuzzi, el agua continuaba su danza de burbujas, borrando los rastros biológicos de su entrega y envolviéndolos en un capullo de calor inquebrantable.Poco a poco, la neblina del éxtasis comenzó a disiparse, dejando a su paso una claridad emocional que a Valentina le encogió el pecho de pura ternura. Aleksei no se separó de ella de inmediato. Permaneció sepultado en su interior, sosteniendo su peso con una firmeza protectora mientras su pulgar trazaba círculos lentos, casi reverenciales, en la cadera sana de su esposa. Cuando finalmente retrocedió, rompiendo la conexión física con un gemido sordo que delató su reticencia a dejarla ir, no permitió que la distancia se instalara entre ellos.El Magnate de Hielo se movió por la tina co
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