El sol de Dubái se filtró por las inmensas cristaleras de la recámara principal, trazando líneas doradas sobre las sábanas de lino revueltas. Valentina Reyes, la arquitecta paisajista que había viajado a los Emiratos con un espíritu indomable, abrió los ojos lentamente. Ya no estaba confinada en el ala de invitados. Esta era su cama, su territorio, y el peso cálido del brazo que rodeaba su cintura le confirmaba que las fronteras entre ellos habían sido demolidas para siempre.Aleksei Volkov, el magnate de la tecnología de origen ruso, respiraba acompasadamente contra su nuca. El hombre que el mundo entero consideraba frío, calculador y convencido de que todo tenía un precio, la mantenía anclada a su pecho con una posesividad reverencial. Valentina se giró con sumo cuidado, admirando las facciones relajadas de su esposo. El amor que sentía por él ya no era un secreto que debía ocultar tras el orgullo ni una vulnerabilidad que temer; era una certeza absoluta que le daba fuerz
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