Elara llevaba veinte minutos allí, envuelta en el silencioso consuelo del diario de su madre. Leía despacio, saboreando cada palabra como un secreto precioso, racionando las páginas de la manera en que uno racionaría algo irremplazable. Eran los pensamientos privados de una mujer que le habían arrebatado demasiado pronto, cuando Elara tenía solo diecinueve años, y que había vertido su corazón no dicho en esas líneas.Oyó el suave crujido de la puerta de la cocina pero no levantó la vista enseguida. Sabía que era él.Alessandro cruzó el jardín con esa confianza tranquila y sin prisa que era tan suya. No exigiendo espacio, sino simplemente reclamándolo porque ahora pertenecía allí. Se detuvo junto al banco por medio segundo, luego se sentó en el otro extremo, lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor sutil que radiaba de él, pero lo suficientemente lejos para darle espacio para respirar.No traía nada con él. Ni café, ni papeles, ni distracciones. Solo Alessand
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