Su madre se llamaba Helen Chisom Gebrano, y había vivido conforme a una creencia inquebrantable: el mayor legado que cualquiera podía dejar no era la riqueza ni el poder, sino la silenciosa prueba de haber visto y atendido verdaderamente el dolor de otras personas.
Esa creencia había moldeado todo. Con las ganancias de su reconocida casa de diseño en Milán, Helen había canalizado discretamente dinero cada año hacia programas de formación textil para mujeres en cuatro países, mujeres que creaban