Elara llevaba veinte minutos allí, envuelta en el silencioso consuelo del diario de su madre. Leía despacio, saboreando cada palabra como un secreto precioso, racionando las páginas de la manera en que uno racionaría algo irremplazable. Eran los pensamientos privados de una mujer que le habían arrebatado demasiado pronto, cuando Elara tenía solo diecinueve años, y que había vertido su corazón no dicho en esas líneas.
Oyó el suave crujido de la puerta de la cocina pero no levantó la vista ensegu