La propiedad de la colina Gebrano había pertenecido a la familia durante cuarenta años sin haber sido utilizada para nada más importante que retiros de verano y alguna que otra reunión corporativa que su padre organizaba cuando quería a sus directivos en algún lugar sin sus asistentes.
No era grande según los estándares de los Gebrano, lo que quizá explicaba por qué su padre siempre había preferido mantener allí las conversaciones difíciles. El paisaje tenía una cualidad particular, igualadora.