La cámara del Consejo, convocada por la noche en lugar de a su hora habitual de la mañana, tenía una calidad de luz distinta: las antorchas a lo largo de las paredes proyectaban sombras más cálidas e irregulares que el pálido sol invernal que la sala solía admitir, y Katlya pensó, al tomar asiento junto a Atlas, que la propia cámara parecía comprender que aquella no era una sesión ordinaria.Bayan estaba sentada en el centro de la mesa de ancianos, flanqueada por Badmus y Vashti, y junto a ella, de manera inusual, reposaba una pila de textos que Katlya reconoció: los mismos volúmenes frágiles y antiguos que Sebastian había descrito investigar en los archivos inferiores del palacio de Selenar, aunque estos, al parecer, pertenecían a la propia colección de la Manada del Norte.—He pasado los últimos cuatro días —dijo Bayan, con voz grave, abriendo la sesión sin preámbulos— confirmando lo que le compartí a la Consorte en privado, y creo que el Consejo en pleno, y el Alfa, necesitan escuc
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