No durmió esa noche, aunque yacía junto a ella como siempre lo hacía, una mano apoyada protectoramente sobre su cadera, la otra nunca lejos de donde se encontraba la cuna de Caelan, en la habitación contigua.
Katlya despertó cerca de las dos de la madrugada y lo encontró ya despierto, con la mirada fija en el techo, con la quietud concreta y concentrada que ella había aprendido a reconocer como la de un hombre resolviendo un problema y no simplemente inquieto sin poder dormir.
—Estás despierto