Lo vio una vez más, unas semanas después, del todo por accidente.
Sucedió frente a un café pequeño y sin pretensiones cerca de la sede del Grupo Gebrano, del tipo que ella visitaba quizás una vez al mes, cuando quería un café que no tuviera nada que ver con una reunión y diez minutos que le pertenecieran por completo a ella. Salía con el portabebés de Adaeze apoyado contra la cadera, con la soltura específica y practicada de una madre que había aprendido, a lo largo de meses, a manejar a una ni