Fue a verlo tres días después, en una tarde gris de principios de primavera, sin avisar antes, porque alguna parte de ella comprendía que esa conversación no podía programarse, no podía gestionarse, solo podía afrontarse directamente.
Él mismo le abrió la puerta de su despacho, un pequeño detalle que ella notó y guardó en la memoria, el hecho concreto de que no había enviado a ningún asistente, de que había acudido personalmente a la puerta en cuanto su equipo de seguridad le informó de que ell