Perspectiva de MirandaLa oficina estaba en silencio, lo cual era una rareza en la Torre Fitzwilliam. Me quedé contemplando el plano general de la nueva campaña anual, la primera que lideraba de principio a fin desde que Noah había tomado su camino como consultor externo.Sobre mi escritorio, un cuaderno físico —uno de los muchos que Noah y yo habíamos llenado de bocetos y notas durante nuestros meses de complicidad— descansaba abierto. Pasé mis dedos por las páginas, recordando cada palabra, cada dibujo a lápiz, cada pequeña anotación en los márgenes que, en su momento, habían sido nuestro lenguaje secreto.Noah entró sin llamar, como solía hacer desde que ya no tenía que preocuparse por las jerarquías de Massimiliano. Lo vi reflejado en el cristal de la ventana antes de que él pudiera decir nada. Se detuvo a unos pasos, observándome con esa intensidad que, incluso después de todo este tiempo, todavía lograba acelerar mi ritmo cardíaco.—La campaña está lista, ¿verdad? —preguntó, apo
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