Emi iba sentada al lado de la camilla, aferrada a la mano de Gabriel, que sentía helada. Lloraba sin poder contenerse, con el vestido manchado de sangre y el alma rota. Verlo allí, con los ojos cerrados y el pecho vendado, le hizo comprender que el orgullo y la venganza no valían nada.Pensando que él estaba completamente inconsciente debido al shock y la pérdida de sangre, Emi se inclinó sobre él, pegando su frente a la suya, y dejó salir el secreto que tanto la asfixiaba, desahogándose entre sollozos:—Por favor, Gabriel, no me dejes... Tienes que luchar, mi amor, no te puedes morir ahora. Perdóname por haber sido tan dura, por haberte ocultado la verdad. Lo de Petra ya no importa, yo te amo... y tienes que vivir por nuestro hijo. ¡Ramirito es tuyo, Gabriel! Es tu hijo, el fruto de nuestro amor. Está vivo, te necesita y yo necesito que seas su padre... No me dejes sola con él, te lo suplico...Las lágrimas de Emi caían sobre las mejillas de Gabriel, mientras ella le besaba la mano c
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