Valeria se despertó con el corazón latiéndole con fuerza. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz tenue de la ciudad que entraba por los ventanales. Damián dormía a su lado, con un brazo posesivamente sobre su cintura, como si incluso en sueños temiera que ella desapareciera.Ella se quedó quieta varios minutos, respirando con lentitud, memorizando el peso de ese brazo. Cada noche era igual: él la tocaba, la besaba, le susurraba palabras de posesión, y ella soportaba todo con una frialdad que la sorprendía incluso a sí misma. Pero por dentro, la rabia crecía. La paciencia se afilaba.Se deslizó fuera de la cama con cuidado, sin despertarlo. Fue al baño y se miró en el espejo. Tenía ojeras profundas, los labios resecos y los ojos llenos de una determinación que no había tenido antes. Se duchó con agua fría, dejando que el chorro le aclarara las ideas. Cada gota era un recordatorio: estaba viva. Estaba observando. Y estaba esperando el momento perfecto.Cuando bajó
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