--- A la mañana siguiente, Luana despertó entre los brazos de Alessandro. Al observar su mandíbula bien definida y perfecta, no pudo resistirse y extendió la mano, deslizándola despacio desde la barbilla hasta llegar a la nuez de Adán. En cuanto hizo aquel movimiento, Alessandro abrió los ojos de golpe; la luz de su mirada profunda vaciló por un instante antes de fijarse finalmente en el rostro de Luana. Se dio la vuelta, la inmovilizó bajo su cuerpo, le sujetó la barbilla y la atrajo hacia sí: —¿Acaso no te complací lo suficiente anoche, mi señora, que ya quieres repetir nada más despertar? Al hablar a primera hora de la mañana, su voz sonaba grave, ronca y con un toque muy sensual. La miró fijamente sin parpadear, y por alguna razón, Luana recordó de pronto todo lo que había ocurrido la noche anterior. Él la había poseído por completo, saboreándola como si se tratara de un manjar exquisito, sin dejar ni un solo rincón de su cuerpo sin explorar. Solo de pensarlo, incluso Luana, que y
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