El cálido sol de invierno brillaba sobre la colcha negra y, bajo esa acogedora luz, ondas oscuras surgían y se agitaban en la cama, subiendo y bajando repetidamente.Luana no sabía en qué momento exacto se había quedado dormida, pero recordaba perfectamente la sensación de comodidad y plenitud absoluta que la invadió antes de cerrar los ojos. Sentía que cada poro de su cuerpo estaba abierto y sensible, pero al mismo tiempo, sumamente relajado.A su lado, Alessandro la observaba con fijeza. Al contemplar su rostro dormido y sereno, una sonrisa de profunda felicidad y satisfacción se dibujó en sus labios. Él no había tocado a ninguna otra mujer desde el día en que Luana se marchó. Sin embargo, ahora que la tenía cerca, era incapaz de controlar el deseo de estrecharla, anhelando siempre un poco más. Al reencontrarse con ella, descubrió lo maravillosa que era esa sensación; tanto, que no había podido borrar su imagen de su mente durante todos estos años.Toc, toc, toc. En ese instante, uno
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