La brisa de Santa Marta, Colombia, siempre tenía un aroma particular: una mezcla de salitre, café recién tostado y el perfume dulce de los mangos maduros. Para Victoria, caminar por el malecón no era solo un paseo turístico; era un reencuentro con su propia esencia. Hacía cinco años que no pisaba su tierra. Ahora, a sus 32 años, no era la misma mujer asustada que salió buscando una oportunidad. Era una abogada respetada, madre de tres y esposa de un hombre que la miraba como si fuera el sol mismo. -¿En qué piensas, mi vida? -preguntó Liam, rodeando su cintura con un brazo fuerte. Él ya no cojeaba; su paso era firme, aunque conservaba esa elegancia pausada que lo caracterizaba. -En lo caprichoso que es el destino, Liam -respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro-. Vine aquí hace años con el corazón roto y una maleta llena de miedos. Y mírame ahora. Vuelvo con mis "tres tesoros" y contigo. Detrás de ellos, Juan Manuel, que ya era un adolescente de trece años, intentaba mant
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