DiegoLa reunión se eterniza. Alrededor de la mesa de caoba, los rostros son graves, las cifras desfilan en las pantallas, una letanía de ganancias y pérdidas. Mi interlocutor, un banquero suizo de cráneo reluciente, habla de tipos de interés, de fondos especulativos. Su voz es un zumbido. Mi teléfono, colocado plano cerca de mi vaso de agua, permanece desesperadamente mudo.Un silencio. Esperan mi opinión.—Los términos son aceptables —digo, la voz neutra, autoritaria—. Pero quiero la cláusula de salida renegociada. Página cinco, párrafo tres.El banquero asiente, impresionado o preocupado. Se inclina sobre su documento.Mi mente, sin embargo, está a quinientos kilómetros de allí. En un apartamento silencioso, demasiado grande. Donde ella debería estar. Donde he ordenado que esté.Una tensión sorda, nueva, oprime mi pecho. No es inquietud. Es irritación. Un grano de arena en la mecánica engrasada de mi jornada. Valentina no ha respondido a mi llamada de esta mañana. Raras son las vec
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