Él gimió ligeramente, y las mejillas de Elara estaban sonrojadas, su ritmo cardíaco acelerado, la piel caliente. ¿Qué se suponía que debía hacer con un cuerpo omega tan… así?Silas se aferró aún más a las sábanas, la tela arrugándose y tensándose bajo la fuerza de sus manos, sus ojos ya en blanco. Apenas podía respirar, sus pulmones fallando mientras el aire en la habitación se saturaba con el dulce y pesado aroma de su rendición. Un grito intenso surgió de lo más profundo de su ser cuando sintió un contacto en su parte trasera. Todo su cuerpo se estremeció, una sacudida violenta que recorrió su columna hasta la punta de los dedos de los pies.—Ahhh… —gritó, echando la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto las tensas líneas de su cuello.Sosteniéndolo por las caderas, ella se acomodó, sus dedos clavándose en el músculo para mantenerlo firme. Parecía disfrutar aquello, una satisfacción oscura y primaria creciendo en su interior, porque ningún omega era así. Olía así. Era tan inten
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