—¿Qué he hecho para merecer este tipo de vida, madre?
Greene lloraba al teléfono, su voz quebrándose mientras se acurrucaba en una esquina del frío y húmedo cuarto de lavandería. Hablaba con su madre en tonos bajos y frenéticos, el sonido del agua goteando de las pesadas telas empapadas actuando como un metrónomo de su miseria.
—No he comido desde la mañana, madre. No puedo creer lo que vi… que Elara no era una omega. Pasé doce años pensando que yo era quien llevaba la correa, y resulta que era