Silas intervino de inmediato, interponiéndose entre Elara y el hombre arrodillado como una montaña de granito. —No ensucie su mano, Alfa Elara —dijo Silas, con una voz profunda que vibraba con una violencia reprimida—. Yo mismo me encargaré de él.
La interrupción fue tan repentina que a Elara se le secó la garganta. Su ira se detuvo, reemplazada por la presencia abrumadora y firme de Silas. Miró su espalda ancha, sus hombros robustos, y sintió un escalofrío extraño e involuntario. —Hazlo, por f