20. Su pérdida
Cássio RavelliDije una mierda.No había otra forma de nombrarlo.La frase salió de mi boca como veneno, sin cálculo, sin justicia, sin control. Y ahora resonaba en mi cabeza como un error que no podía desdecirse. Siempre supe usar las palabras. Siempre supe cómo presionar, intimidar, llevar a las personas al punto que yo quería. Entonces ¿por qué con ella era diferente?Tal vez porque Branca no se doblegaba. Tal vez porque no me temía.O tal vez porque ya no tenía nada más que perder aparte de su propia dignidad.Entré al baño y abrí la ducha al máximo, dejando que el agua fría cayera sobre mi espalda, intentando borrar la sensación incómoda que se extendía por mi pecho. Ella tenía razón. En todo.No habló por hablar. No quiso imponer poder. Observó, estudió, se preocupó. Mientras yo gritaba, ella actuaba. Mientras yo dudaba, ella cuidaba. Al final, fue mi hija quien pagó el precio de mi orgullo.Cerré los ojos, respiré hondo y, en un impulso, golpeé la pared azulejada. No con fuerza
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