Capítulo 71 — El fuego y la calmaEl silencio en el búnker pesaba como una sentencia. Las luces eran tenues, filtradas por el humo del cigarro de Alexéi Romanov, uno de los cuatro hombres que conocían la verdadera identidad de Dimitri Ivanov: el lobo plateado.Los demás —Sergei, Anton y Vlad— lo miraban con respeto, pero esta noche, la atención no estaba en él, sino en ella.Anastasia se mantenía erguida frente a la mesa de roble, con los ojos encendidos y la voz firme. Su tono no temblaba en lo absoluto, aunque sabía perfectamente que tenía frente a sí a cuatro de los hombres más peligrosos de Rusia.— Si seguimos enviando la mercancía por la ruta de Rostov, tarde o temprano la policía fronteriza intervendrá — dijo, deslizando un mapa sobre la mesa — En vez de que todos se expongan de esa manera propongo abrir un corredor alterno a través de Transnistria. Es un riesgo, sí, pero es el tipo de riesgo que el imperio que han construido necesita asumir para mantenerse vivo.El eco de sus
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