Cada nuevo azote abría más la espalda de la sirvienta, dejando heridas profundas que rápidamente comenzaron a empaparse de sangre. Las púas desgarraban la carne una y otra vez, arrancando pequeños fragmentos de piel que terminaban adheridos al látigo o cayendo sobre el suelo húmedo.Y mientras aquello ocurría, Raihan seguía contando uno por uno, con precisión enfermiza, sin permitir que D’Artagnan perdiera el ritmo ni se detuviera.Al llegar a los doscientos golpes, la voz de Rocío ya apenas era reconocible. Sus súplicas se habían convertido en sonidos quebrados y jadeantes. La sangre descendía por sus piernas y se acumulaba alrededor del tronco, formando charcos oscuros sobre la piedra.Después de los trescientos latigazos, su cuerpo comenzó a desplomarse contra las ataduras, temblando por reflejo, mientras trozos de carne abierta dejaban al descubierto partes húmedas y rojizas de la espalda destruida. Sin embargo, D’Artagnan siguió azotando.—Trescientos setenta y tres… —pronunció R
Leer más