Nicolás OrtizSi el odio pudiera encender fuego, mi despacho habría estallado en llamas en el preciso instante en que la cámara de Isabel se activó.Me quedé petrificado frente al monitor. Había imaginado mil escenarios: Isabel cansada, Isabel furiosa en su cocina, incluso Isabel ignorando la llamada. Pero verla allí, en el Blue Marine, con ese vestido esmeralda que parecía diseñado para atormentarme y Ricardo Vantress invadiendo su espacio personal, fue como recibir un golpe directo en el estómago.—Buenas noches, señor Ortiz —dijo ella. Su voz sonaba cristalina, cínica, perfecta.Apreté los puños bajo el escritorio para que no viera cómo me temblaban las manos de pura rabia. Ricardo, ese imbécil, se inclinó un poco más hacia ella para salir en el encuadre, dedicándome una sonrisa de suficiencia que decía: "Tú tienes el contrato, pero yo la tengo a ella".—Veo que se han tomado muy en serio lo de trabajar en equipo, García —solté. Mi voz salió más ronca de lo que pretendía, cargada d
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