Punto de vista de ElenaDespués de ese primer encuentro, el tiempo dejó de comportarse normalmente. Los días no pasaban —brillaban. Como si alguien hubiera subido el termostato de mi vida y hubiera roto el dial de un golpe. Cada mañana, como un reloj, Ethan aparecía en la puerta de mi oficina con café. Negro. Sin azúcar. Exactamente como me gustaba. Y siempre esa sonrisa —fácil, cálida, peligrosa. —Buenos días, Elena —decía, voz baja y suave, como si supiera cosas de mí. Tomaba la taza, asentía como una mujer adulta profesional, y absolutamente no reconocía la forma en que mi corazón salía disparado dentro del pecho. La farsa duró como una semana. Para el viernes ya nos quedábamos hasta tarde casi todas las noches. La presentación con el cliente nos respiraba en la nuca y necesitaba a alguien rápido, confiable y dispuesto a perder la noción del tiempo conmigo. Entró: Ethan. A las siete la oficina era un pueblo fantasma. Luces apagadas. Pasillos en silencio. Solo el zumbi
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