—Sí —admití en voz baja, con la voz temblorosa.—¿Quieres que pare?Ni de coña. Habíamos llegado hasta aquí. Lo quería todo, el dolor incluido. —No —dije suave, negando con la cabeza.Me levantó la barbilla con cuidado, el pulgar borrando la huella húmeda de la lágrima en mi mejilla. El roce fue tan tierno que me dolió el pecho de buena manera. —Dime cuándo quieres seguir —susurró, y ahora su voz era solo suavidad.Asentí y apoyé la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. Me calmaba como una nana. Su mano me acariciaba el pelo, los dedos enredándose despacio, tranquilizadores.Esperó. Sin apurar. Los minutos se estiraron y la punzada afilada en mi coño se fue convirtiendo en un latido cálido. El dolor se mezclaba con algo nuevo: un placer que empezaba a abrirse paso, tímido pero real.Levanté la cabeza y lo miré. Sus ojos estaban oscuros de necesidad, pero pacientes. Moví las caderas despacio, probando. Un gemido suave se me escapó cuando la sensación me
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