Mariana apretó a Yamir contra su pecho y continuó corriendo, sintiendo cómo el aire caliente quemaba sus pulmones. Las piernas comenzaban a flaquear.Detrás de ellos, los gritos resonaban con una intensidad aterradora.—¡Por allí! ¡No la dejen escapar!Mariana giró la cabeza por un instante, y su corazón se detuvo al ver a dos guardias salir por la reja principal. Corrían en su dirección, implacables, como sombras que se acercaban cada vez más.Durante un segundo olvidó cómo respirar y, sin pensarlo dos veces, aceleró el paso, doblando por una calle lateral. Su mente trabajaba frenéticamente, buscando una salida, un refugio. No tenía automóvil, ni ayuda, ni un lugar seguro al que llevar a su pequeño. Ya no estaba pensando en el día siguiente. Solo en el siguiente minuto.De repente, una camioneta negra apareció al final de la calle, frenando bruscamente y atravesándose en su camino. La puerta se abrió, y Mariana palideció al reconocer a uno de los hombres de George.Sin dudarlo, giró
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